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Si debo elegir uno solo de entre los miles de oficios que no desearía verme obligado a ejercer, me decanto por el de policía de delitos digitales. Y no me refiero a la que persigue la piratería, ni mucho menos, sino a la que investiga abusos y violencias sexuales de toda índole.
Qué desfile de horrores debe de pasar por las pupilas de esos pobres hombres atados a una pantalla. Nosotros, que somos meros paseantes de la ciudad sin límites, ya bordeamos espantados los espacios más abyectos y nos pringamos el alma con la mera conjetura de su existencia... ¿qué no verán ellos?, ¿cómo serán capaces de dormir, sobre todo si el delincuente se les escurre, disipado en las tumultuosas sombras de la impersonalidad?
Qué sentido de la obligación más admirable, qué fuerza de voluntad.
Y qué humanísima lástima que los necesitemos.
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2 comentarios:
De eso nada.
Como quien oye llover. Los ojos se acostumbran a todas las catástrofes.
Acomodación. Asimilación.
yO nO Lo CreO Así, AmP....
AbraZOS GraND3S!!!
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