Lo cierto es que en vida no le importamos a más de una o dos o tres personas. Antes nos íbamos sin huella, desnudos y machadianos; a lo sumo (y tal vez, a nuestro pesar) dejábamos una incómoda herencia que rompía el equilibrio de los descendientes. Y punto. En sólo unas semanas, estábamos tan olvidados como muertos y enterrados.
Sin embargo (de esto hablé ya hace algunos meses), nuestras trazas pueblan en la red un territorio mucho más extenso que el de antaño: no han tardado en aparecer los borradores de ese íntimo rastro de unos y ceros. En un vuelco de la costumbre, se ha hecho necesaria la eliminación de todo recuerdo no deseado. No le pediríamos a nadie que quemase nuestras fotos al morir, pero en estos días requerimos la presencia de nuevos basureros que vacíen nuestras habitaciones digitales, chatarreros que nos borren las cuentas de e-mail, cierren nuestros perfiles sociales y los archivos de nuestras bitácoras. ¿Qué guardamos en esos baúles, qué folios en qué carpetas, qué deseos inconfesables en qué escondidos secreteres?
Por si acaso, quemen también todo lo mío: encontrarán el óbolo sobre la lengua.

2 comentarios:
Ah, es verdad, pero no te molestes, nunca podrá borrarse del todo esta huella; es una condena.
Una la lengua adinerada, pues.
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