Me siento (como tú tarde o temprano, si no ya mismo) como si alguien me hubiera escamoteado lo que me correspondía por pleno derecho. ¿Cuál fue la promesa? Debí de oír mal, nunca he sido un gran lector: pequé de lerdo al interpretar los (enrevesados, abstrusísimos) términos del contrato.
Para colmo, como me queda un poco de decencia en los bolsillos, miro a mi alrededor y concluyo que yo soy mucho más que un cómplice necesario. Culpable me declaro de creer en algo o alguien, culpable de salir a comerme la tarta a dentelladas sin reparar en el olor putrefacto de la crema.
Las cuentas, al maestro armero.

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