Se trata del planeta ideal: Kepler 22b podría albergar (incluso ahora) vida inteligente, nos podría acoger a nosotros y está a sólo seicientos años luz. Sólo seiscientos. De pequeño me imaginaba galeones estelares de colonos altruistas que, combinando la hibernación dosificada y el sacrificio de dos o tres generaciones, serían la punta de lanza de nuestra humanidad expandida. Si no cabemos aquí y Marte es demasiado hostil para llevar una vida aceptable, ¿por qué no probar más allá de esta canica? Kepler 22b no puede ser una meta, pero sí debería simbolizar una decidida ambición de prosperidad y no quedarse reducido a un suspirillo soñador, no a un mero puntito en el telescopio o a una frecuencia de onda recurrente para los insomnes auriculares del SETI.
Pero ni siquiera hay que salir de casa, sólo hay que darse un paseo por la red para ver que lo que abunda entre nosotros es odio y apatía y nerviosismo y horizontes por debajo de la cota de tierra... ¿Empresas a largo plazo?, ¿para quién?, ¿todos a una? ¡Qué insensatos... salvo que esté bien pagado! Y ni eso, creo. Los días son cruciales (¡bendita velocidad!), las semanas son cumbres al más alto nivel y no existe un pausado y armonioso más tarde y con calma.
Y es que yo con mi vecino no me voy ni a la vuelta de la esquina. A lo sumo, coincido con él en la barra del bar. Y si hay partido, y gracias. ¿Le pongo o no le pongo cursiva a esto que acabo de escribir? ¿Es cita textual de un tercero o es lo que me confieso en la cabeza y en el alma y en el blog?
Noé, sin duda, nos habría dado por perdidos.
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1 comentario:
Vaya día que llevas.
Y yo que cuando leí lo de Kepler me llené de esperanza. Otra tierra.
Bueno, a pesar de todo, me ha gustado.
Ánimo Gran.
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