domingo, 16 de mayo de 2010

Fobos

Todos a tu alrededor lo piensan, aunque las intenciones, en gran parte publicitarias, sean subliminales: necesitas potenciarte. Tu vida no está del todo mal, pero si la potencias, puedes ser lo que tú quieras, sólo debes viajar hasta el extremo, ser más, más tú mismo, más lo que deseas: más. La palabra está en todas partes y el concepto (una vez acuñada e insustituible la idea posmoderna de creación en todo ámbito) es imprescindible en Internet: recuerden las pulseras.
Resulta obvio que las filias han encontrado su paraíso en la Red. No hace falta que des más de un paso en Google para encontrar quinientos setenta y dos amantes de los golden retrievers en tu misma ciudad, un millón doscientos mil fans de Guti en Cataluña o ciento treinta admiradores de la poesía actual en España. Pero ésto no es muy interesante: potencia lo insulso, sí, pero sólo como continuación del individuo en sus grupos cotidianos. Lo que realmente apasiona al observador de estas ansias de sabor supremo en el mundo digital es la catasterización de las fobias privadas, elevadas a la categoría de esencia por el hábito constante del odio y el recelo.
Viajamos con nuestros datos a cuestas por el sistema, pero nos aterroriza el hecho de ser reconocidos: apodos, contraseñas, IP's. ¿Cuántas veces al día tecleamos las mismas contraseñas? En una mañana, en más ocasiones que en toda nuestra vida no digital completa. ¿Y qué sucede cuando nos percatamos de que una bitácora ha ubicado nuestra dirección de servidor y ha localizado incluso la urbanización de pareados desde la que entramos en la página? Y el escalofrío es más agudo cuando buscamos un nombre (el nuestro, el de un viejo conocido, el de un rival que nos urge recordar) y nos encontramos, para bien y para mal, número de DNI, de teléfono (fijo y móvil), currículum, fotografías de sus últimas vacaciones, nuevos amigos y direcciones postales detalladas.
Jugamos, participamos, dejamos rastros y sólo nos atemorizan los efectos, no las causas. Le tenemos pánico al monstruo de información cruzada y total que hemos creado grano a grano, pero más pánico todavía le tenemos a saltar sin red, a deshacernos del entramado confortable de nuestra extensión virtual. Al cabo, ¿cómo puede dañarnos lo que nos hace tan abiertos y sociales? Se ignora o, simplemente, se admite como un peaje.
Y en paralelo, por todas partes, en todos los rincones de la galaxia, miles de fanáticos se unen para odiar, para potenciar sus inferioridades. Casi siempre fuera de la ley ordinaria que alguna vez conocimos. Pero a partir de este punto se abre el territorio desolado de la guerra: ese planeta orbita en otras profundidades.

3 comentarios:

Casiopea dijo...

Ahhhhh, es magnífico, sin ir más lejos, no le pienso decir mi nombre. Tuve que buscar alguna palabra en el diccionario, pero creo que escribe usted genial señor Grande.
No se olvide de que el recelo también a los de la especie, que pueden quitarnos la comida o traicionarnos, es un miedo esencial....

Casi dijo...

...y la necesidad de afiliación, la primera, la primerita.

Amparo dijo...

De acuerdo con los comentarios anteriores.
Qué necesidad la nuestra de escondernos y buscarnos a la vez!!
Estupendo tu texto de este domingo, Gran.

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Soy ingente. Podríamos decir que el puto amo. Si me vieras algún día por la tele, o en la calle, me reconocerías al instante. Mi visión no deja a nadie indiferente. Impacto, te lo digo yo, que de esto sé un rato largo y grande. Y, sobre todo, me gusta comentar blogs, casi tanto como fo...

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