domingo, 27 de junio de 2010

Ceres

Son, de alguna manera, un club de fans. Idolatran a Mía y a Ana, y te recibirán, si te animas a participar en sus retos, con los esqueléticos brazos bien abiertos. Participan en una competición sin final hacia el hueso: quizás quieren verse el alma en directo, sin interferencia de la carne, pero no han podido encontrar un camino más equivocado... salvo que deseen, en el fondo, verse muertas. Creo que se trata de eso: no existir. Sí, es posible que sólo el esqueleto las satisfaga: las imagino midiéndose las inexistentes caderas (la cinta métrica, más voluminosa que su brazo), con los deditos como cañas quebradizas en las mejillas. ¡Ah, pobre yo misma! ¡Yo me conocía, Mía! ¡Cuántas veces corrí con las fuerzas que ahora me faltan, querida Ana! ¡Yo me pertenecía porque tenía masa y cuerpo y azúcar en las venas! Y ahora ni siquiera conservo la carne de los labios, sólo soy la costilla famélica de la esclavitud plomiza de la émesis. Debo seguir adelante.
Teclean y vomitan. Vomitan, corren al portátil. Llegan pronto a la pantalla y narran su pavorosa cima. Un trino de satisfacción incomprensible, otro hito en la bitácora. Se creen quiméricas heroínas. Alguien aplaude. Ahora están un gramo más delgadas y continúan con el enloquecido sacrificio al que se han condenado. Ellas lo llaman carrera: su particular cursus horrorum.
Se fotografían con obsesión las muñecas, el pecho autofagocitado, el armazón de los muslos. Nada más diferente a la vida. Se retratan la barbilla y las clavículas, dolorosamente afiladas, y las demás jalean. ¡He pecado! -grita alguna- ¡Cené! ¡Anoche cené una loncha de pavo! Y las demás animan. No sucede nada -tranquilizan con la naturalidad atroz de lo aberrante- ¿Ya te has metido los dedos? No dejes de hacerlo. Y mañana no comas. Alguien se jacta de que la han llevado a urgencias esa misa tarde; otra reza, en el sentido más estricto de la palabra, por no comer nunca jamás: es débil, se confiesa, aún añora las pipas de girasol; otra más subraya con orgullo su marca personal: ya acumula cuatro meses sin período.
Aquí hace muchísimo más frío que en cualquier otro lugar: ni una sola caloría, ni una sola puerta de emergencia. Gélida superficie enrarecida. Sus bitácoras, todavía infantiles, rosas, garabateadas de florecillas, parecen una caricatura macabra del suicidio romántico, ya de por sí grotesco. ¿Quiénes son más allá, de sus perfiles de hojas secas?, ¿qué personitas indefensas corren en paralelo a este malsano espejo surcado de esperpentos?, ¿de verdad no hay ningún medio para decirles que están matándose a cucharadas soperas de vacío?

3 comentarios:

Fina dijo...

teclean con los huesos.

Amparo dijo...

Es bestial que encuentren en la pantalla alivio a su deformada percepción; eso se convierte en la principal línea del fatal tratamiento.
Veo que vas a dar un repaso a todos los agujeros habitados. Muy buena aquí la congoja de la culpa.

Qué miedo.
(para alguien con un trastorno mental no hay nada peor que traducir su enfermedad a una manía pasajera, normal, normal, normal)

Me recuerdan a esas ballenas varadas.

Julio Castelló dijo...

Atroz.

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Soy ingente. Podríamos decir que el puto amo. Si me vieras algún día por la tele, o en la calle, me reconocerías al instante. Mi visión no deja a nadie indiferente. Impacto, te lo digo yo, que de esto sé un rato largo y grande. Y, sobre todo, me gusta comentar blogs, casi tanto como fo...

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