Murió unas pocas semanas antes de cumplir los treinta, y el otro día, por curiosidad, introduje su nombre en un buscador. Habíamos compartido muchas horas de laboratorio, no pocos diseños de satélites y una pasión por el jazz en la que, a su vez, nos complementaba el novio de todo su breve tiempo. El viudo más desolado que he conocido.
Se le partió el corazón en una miríada de fragmentos, de buenas a primeras, amargamente joven y sin aviso previo, con lo que se dejó en la cuneta amigos más íntimos que yo, varios proyectos brillantísimos y un rastro no pequeño en la red: los resultados fueron variados, había más páginas de las que recordaba conocerle. Me sorprendió una en la que compartía ejercicios matemáticos para secundaria: sus lectores no la habían visto jamás, pero le agradecían infinitamente la mano que les ofrecía en la oscuridad de las derivadas y las integrales previas a la universidad. Por supuesto, también aparecieron huellas de sus redes sociales: nadie había cancelado aún aquellas cuentas. ¿Para qué?, ¿quién piensa que debe hacer un testamento digital tan temprano e improbable y confía sus banales contraseñas a un albacea que nunca se plantearía serlo? Alguien me dijo, no obstante, que cabe la posibilidad de que nadie haya recogido ese cuarto todavía: tanto pesa el viento detenido entre las hojas y el teclado.
También mantenía dos bitácoras, y las dos seguían allí, enlazadas por un perfil en el que hablaba de sí misma con modestia y calidez: me gusta el jazz, leo a Benedetti y Sabines, soy una apasionada de los gatos, ojalá pudiera vivir en Oz, cómo olvidar a Nyman y Glass, préstame tu telescopio, me enamoré de Nueva York mientras caía nieve blanda y limpia sobre Central Park, viajo a Neptuno con Hendrix, espérame en Montmartre mientras suena Tiersen. Uno de los blogs era un diario (poco íntimo, sólo esbozado, pero tan único como unas gafas y un bolígrafo posados por última vez y para siempre sobre un boleto de quiniela). El segundo, un recetario: cuánta ilusión le hacían las últimas magdalenas de su vida. Nadie lo comentó, pero sé que todos lo hemos mirado ya un millón de veces.
Internet está repleto de páginas nunca continuadas, de retales inconexos, de perfiles inactivos y astillas de intenciones. Cada vez que aterrizo en uno de esos asteroides, me pregunto si también provendrá de la explosión de una vida hecha trizas y esquirlas y silencio y hielo y desconocimiento y lejanía creciente, nostalgia, mudez y olvido.

2 comentarios:
¡¡Lo he pensado tantas veces!! Un montón de trazos sin autor, años y años después de que haya desaparecido para siempre!! Un hogar doloroso, no sólo en las bitácoras propias sino en otros alojamientos ajenos.
Podemos decir que esto es la eternidad provisionalmente.
Inquietante, muy bonito.
pues sí, perdidos para siempre en el espacio
vagando
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