Venden el zafio fuego de una pureza plastificada. Visten de látex y cuero; o de florecitas, puntillas y bordados; o de cuadros escoceses, con calcetines blancos, manoletinas y trenzas. Aúllan en las mismas ventanas oscuras que sus hermanas mayores, pero con la grosera sutileza de un juego de equívocos interminable: quieren parecer legales, pero al mismo tiempo aniñadas; voraces, pero primerizas.
Exactamente éso buscan los lobos que rastrean el desierto de la red en busca de la flor que ilumine su estiércol: el barely legal de finales de los setenta, marginal, casi desconocido, es hoy una corriente más que afianzada y mayoritaria en Internet. Viejos que babean su miseria sobre los perfiles de chicas que dicen haber cumplido dieciocho hace un par de semanas; viejos aturdidos, pero firmes como sombras expresionistas sobre variegadas imágenes de playa e instituto. A veces, llegan a subastarse en las redes sociales y en las casas de segunda mano. En otras ocasiones, el manoseo es más burdo todavía, si éso cabe: fotos, números de teléfono, salas de chat casi infantiles.
Incluso en los lugares más inocentes (bitácoras fotográficas, álbumes en línea) se pueden encontrar reclamos que, con el ego-log como base pretendidamente neutra, abren los más oscuros caminos para los cuerpos más blancos. El óxido del asco sobre la piel adolescente. El marrón más lodoso y adhesivo sobre el rosa de los días quemados en el impuro hogar de la ansiedad.

1 comentario:
inocentemente entramos, al pulsar el botón, en el mayor prostíbulo del mundo
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