domingo, 19 de junio de 2011

Luna

Hace ya unos cuantos años (en primero de carrera, cuando todavía no era ni la silueta del ingeniero que ahora soy), pensé escribir una novela de ciencia-ficción. Había leído a Lem (en traducciones intermediadas horribles) y pensaba que yo podría convertirme en un tótem de la narrativa seria, filosófica y rigurosa. En castellano, toda una novedad.

Se titulaba Vigilante. Tomé meses de notas; dibujé corredores, ingenios, carlingas de diseño impecable; escribí con entusiasmo cientos de notas argumentales. El protagonista ocupaba un solitario destacamento en el cinturón más externo del universo conocido; día tras día, aguardaba con paciencia a los colonos que habían de convertir el helado pedrusco en un próspero continente humano y reflexionaba sobre la espera y sobre la existencia misma e íntimamente creía que en algún momento debía producirse el inédito encuentro con una entidad viva superior y amistosa. Lo que él no sabía era que ningún galeón intergaláctico iba a arribar nunca a su puerto: un cataclismo impreciso había volatilizado la Tierra y todos los demás satélites habitados. La nave repobladora jamás había zarpado del otro lado del océano vacío. Su tarea era, en realidad, morir sin ver nunca más otros ojos humanos, marchitarse sin tumba, solo y desilusionado.

Escribí doscientas páginas de las ochocientas que debía ocupar el proyecto y lo dejé: la trama era reiterativa y no muy original. Me sentía como un plagiario y es más que posible que lo fuera.

Ahora mi sentimiento es mucho peor: venden parcelas en la Luna. Sí, ahí mismo, a la vuelta de la esquina edificarán una Marbella de cráteres y mares de polvo. Desfiguramos estrellas de cine, desfiguramos planetas enteros. Todo a nuestra imagen y semejanza, sin más horizontes que la cuenta anual de resultados. Una quimera parcelada por la codicia y la estupidez. A veces me pinto a esos promotores de viajes fabulosos y huertos selenitas helados en una garita fuera de nuestro sistema, muy lejos de todo periplo y entendimiento, a la caza del cliente que nunca llegará.

Imaginaria de nieve cósmica en castigo de su avidez.










1 comentario:

Amparo dijo...

Es una historia preciosa. Vigilante aún estará allí sin saber nada, sentado en un mojón y comiendo jamón seco del que le quede. Las parcelas en la luna supondrán otra burbuja que estallará de peor manera; las comprarán los que no sepan qué hacer con ellas y seguirán con hambre de más allá, de infinito, sin saber que es una carrera sin meta.
Tú a lo tuyo, y dale qué hacer a ese vigilante.
Chao

Datos personales

Mi foto
Soy ingente. Podríamos decir que el puto amo. Si me vieras algún día por la tele, o en la calle, me reconocerías al instante. Mi visión no deja a nadie indiferente. Impacto, te lo digo yo, que de esto sé un rato largo y grande. Y, sobre todo, me gusta comentar blogs, casi tanto como fo...

Invitado5