domingo, 18 de abril de 2010

Kuiper

La primera vez que oír hablar de la ruleta pensé que definitivamente el vocerío de la red había alcanzado su paroxismo: por fin millones de voces, todas periféricas y destinadas a expandirse in aeternum en el silencio sepulcral del olvido más carnalmente humano, comenzaban a colisionar. Como si los monasterios de Meteora flotasen y chocaran y se reventasen por el hinchado orbe de la troposfera, como si inmensos farallones de ignorancia mutua topasen en pleno despuegue y fueran dejando caer al suelo viguerías, paramentos y puntales de madera. De una vez por todas, el azar más superficial, erizado de viento como la superficie de un lago escocés, estrellado a golpes sordos contra una pared de hormigón horizontal, elegía el destino de las mudas gargantas de tantas teclas. Y, por supuesto, lo hacía con el aliciente de la imagen en movimiento.
La conversación en el chat tiene una duración limitadísima, pero nunca deja de sorprender, nunca deja de tintinear y girar, como el Jackpot de Auster y Las Vegas. Siempre tienes pleno y siempre formas parte de la combinación: eres la manzanita, el doblón de oro, el mismísimo premio gordo a la constancia solitaria.
La Chatroulette es un infierno de conversaciones enmascaradas, de charla banal, disfraces no tan impostados, e incluso de sillas vacías de usuarios que se han marchado, por tiempo nunca muy bien definido, al cuarto de baño. Se recomienda abstenerse de realizar desnudos y actos pornográficos, pero no es difícil darse de narices con algún veinteañero adicto a su propio pirulí o con alguna estricta que piensa clavarte el tacón de sus infinitos cueros en el preciso centro de la cámara. Y tú no eres más que un ojo perplejo que se mira en otros ojos igual de abarrotados, una miríada de restos de ti mismo, una coma que se acerca al polvo infinitesimal de la órbita más excéntrica.
Recuerdo a Assimov: en determinado momento todo contacto puramente humano, por lo desagradable y escabroso del espacio compartido, se sustituía por un eficiente sistema de hologramas; y algo parecido proponía Marco Brambilla en su imprescindible Demolition Man. Pero ambos visionarios hablaban de comunicación, no habían previsto el choque, mucho más descarnado y antiprofiláctico del verdadero mundo derribado. El irresistible poder de autocombustión de nuestro acelerador de partículas vital.

2 comentarios:

grande dijo...

qUè bUeNo eRes, mAcHo!

GraNd3!

Alondra dijo...

Gran, te recuerdo que este es tu blog.

Jo, parece que hablas de la misma Gloria; qué gradiosidad, si me permites, de introducción (si me permites también)al juego de los solitarios chateantes.
Deseando estoy saber cómo sigue esto.

Datos personales

Mi foto
Soy ingente. Podríamos decir que el puto amo. Si me vieras algún día por la tele, o en la calle, me reconocerías al instante. Mi visión no deja a nadie indiferente. Impacto, te lo digo yo, que de esto sé un rato largo y grande. Y, sobre todo, me gusta comentar blogs, casi tanto como fo...

Invitado5